Con J de Osaka

Osaka es este chico que se ríe (y la chica que lo acompaña).

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Cuando sientes, en mitad de un viaje por India, que lo que más te apetece en ese momento es realmente ver a la gente que te importa, es cuando surge una letra:

J

Meses atrás viste cómo tu mejor amigo partía para encontrarse con los sueños que aparecían por su mente en aquellos momentos (tal y como decidiste hacer tú mismo poco después empezando a preparar un Viaje Creativo) a un archipiélago remoto del pacífico… y te quedaste con ese sabor agridulce de la despedida y feliz del sueño perseguido por alguien que aprecias.

Pero, automáticamente, aquel archipiélago apareció en el mapa. Allí tendría que ir el Viaje Creativo.

¿Habría visitado Japón sin estar el hombre sonriente de por medio? Quizá sí, quizá no. Pero ahora no cabía duda: a ese lugar había que ir.

Y así apareció, en mitad de un viaje por India.

Así que sonrisa y hombre sonriente se encontraron conmigo de repente una noche en mitad de un abarrotado Tennoji, en la ciudad de Osaka. Y la sonrisa se contagió. Los japoneses sonrieron (más aun). Las papeleras sonrieron (Ah no, espera, si no hay ninguna en Japón). Hasta la inmensa torre Abeno Harukas, la más grande de Japón, se echó unas risas.

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El colorido Shinsekai con su torre Hitachi, fue el lugar de las primeras conversaciones, la primera cerveza japonesa, el primer shushi y los primeros okonomiyakis. Todo nuevo sobre una esencia ya conocida. Muchas cosas que contar, muchas ganas de contarlas.

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Las primeras notas curiosas sobre Japón llegaron al instane: bares con cortinillas en la entrada para guardar un poco más las intimidades de las bocas hambrientas de su interior,

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o el infernalmente ruidoso y estridente Pachinko (dadle al PLAY y flipad, aviso, es MUY ruidoso)

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Con los días por delante y una sensación como de encontrarse en otro planeta, aparecieron los primeros contactos con el sintoísmo, del cual no sabía nada hasta que Japón apareció en el mapa (ya hablaré de ello en otro post).

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Encontrabas las calles tranquilas y evocadoras de aquellos dibujos manga que leías y veías de adolescente personificadas en las calles y callejuelas que siguen la vía del tren cerca de la estación de Bishoen.
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Castillos que de repente tenían formas que nada tenían que ver con las sobrias construcciones de mi tierra castellana de sol y horizonte, a los que te podías pasar mirando durante minutos y minutos.

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Y claro, en Japón de repente aprovechabas que hay mucha más gente que conoces , gente incluso de tu barrio como Flapy, al que vuelves a ver a miles de kilómetros , cambiando el mítico bar San Matías de Aluche por el espectacular barrio de Namba con sus millones de luces…

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…y sus imágenes archifamosas

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Y pasaban los días en Osaka, más de lo que la teoría viajera dicta que se podría dedicar a una ciudad como Osaka con todo lo que tiene Japón esperando por ser visto.

Pero el caso es que Osaka tiene algo que la hace superior a cualquier otro lugar en Japón, algo que la hace que se merezca todos los días del año en una visita a Japón.

Y ese algo es J.  La J de Osaka, 

(-¿Me pones otra doble?
– Pero tio,  si ya nos íbamos!!!… Enga, que sean dos.)

9 comentarios en «Con J de Osaka»

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