2017, cuando empezar significó terminar

Hoy hace un año terminé 2016 tiritando de inseguridad, emocionalmente entumecido y con la extrema necesidad de cerrar un año que, como escribí en esta entrada , había sido todo, menos lo que parecía que iba ser en 2015.
Dejaba 2016 con miedo bajo los párpados y un ligero temblor en las piernas, de ese que surge del temor, la fatiga y el cansancio. Y, sin embargo, un billete de avión comprado dos meses atrás decía que en apenas 20 días iba a partir al viaje más largo que podría hacer en mi vida en la Tierra: a Nueva Zelanda, mis antípodas.

Entonces, el primer segundo, del primer minuto, del primer día de de 2017 fue el momento exacto en el que comenzó a ser cierto que empezar significó terminar.

Aunque he tardado 364 días en darme cuenta.

Buscando una playa…

Yo soñaba cada día poder alcanzar la playa”. Con esta frase de la canción “Tierra” de Xoel López, conjuraba al destino para poder volver a soñar con alcanzar una “playa” de la que sentía que me había alejado en 2016.

Hoy, 31 de diciembre de 2017, me doy cuenta de que, de forma inconsciente, durante este año no han parado de acudir a mí las playas. Literalmente. Aquel 23 de enero, día en que marché a Nueva Zelanda por tres meses, comenzó el año de las islas, los lugares donde la playas son fin y son comienzo al mismo tiempo:

Nueva Zelanda- Islas Cook – Tenerife – Jamaica – Cíes – Mallorca – Formentera

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Clamaba por alcanzar la playa, y el azar, el destino y mis propios deseos me hicieron visitar más islas de las que nunca había visitado en mis 32 años de vida.

Y con las islas llegó la limpieza y el renacimiento. Las ínsulas tienen algo misterioso: rodeadas por el mar, requieren al viajero un esfuerzo mayor para llegar a ellas, bien surcando un mar, bien sobrevolando las aguas. En las islas el aire marino sopla, limpia el cielo, la atmósfera y las nubes negras que inquietan nuestras mentes.

De esta forma, comencé a darme cuenta de que 2016, aun con todo lo negativo, había sembrado las semillas de lo que iba a ser 2017.

El primer fruto había llegado a los pocos días de comenzar el año cuando, para mi sorpresa, aparecía en la famosa lista de Paco Nadal del diario el País donde citaba a los mejores blogs del momento. El segundo fruto llegó camino a Mordor (o sea, Tongariro), en Nueva Zelanda, metido en un autobús. A través de twitter y con un wifi muy precario recibí la noticia de que mi blog había ganado el premio PICOT al mejor blog revelación de viajes.

Pasaron los meses, y entre isla e isla ocurrían otras cosas, llegaban nuevos frutos, como poder estrenar en el museo Etnográfico de Castilla y León el documental Almas de Barro que había filmado en verano de 2016 por tierras zamoranas.

El mar iba dejando pequeños tesoros en la orilla y yo iba recogiéndolos conforme pasaban los meses. Surgían viajes sorpresa con amigos tan locos como yo. Viajes que me llevaban, cómo no, a nuevas islas, como Jamaica, con mi querido Equipo B, o Mallorca, surgida de la nada en mitad de un viaje por Málaga con uno de esos grandes amigos locos de un blog del que nunca recuerdo bien el nombre.

Pero también aparecieron islas disfrazadas de continente: Armenia, una isla en mitad de la tierra, un pedazo de terreno en mitad de una de las zonas más pisoteadas de la historia. Un lugar en el que la gente es el vendaval que sopla y limpia las densas nubes grises.

Y sin ser consciente de ello hasta este momento, a finales de 2017, descubro que, en algún punto de este año, saltando entre ínsulas, el temblor y la inseguridad desaparecieron.

Ahora, a pocas horas de terminar el año de las infinitas playas, me doy cuenta de que empezar significó terminar. Que siempre lo había significado, desde aquel momento en que, en 2015, había decidido dejar mi trabajo y lanzarme a viajar. La clave para empezar era terminar. Siempre lo había sido. Terminar con aquello que no se mueva en la misma dirección en la que me quiero mover yo.
atrévete

“Seguiremos el sedal, sin fuel para regresar” dicen Vetusta Morla en su canción “Punto sin retorno”. Seguir el sedal sin miedo a ir en la dirección que se siente cierta. Sin miedo a hacerlo y con la confianza de que no va a ser necesario desandar el camino. Ese es quizá el reto que me deja 2017 para continuar en el siguiente capítulo.

2017 fue el año en el que me atreví a volver a seguir el sedal. De aquí en adelante he de estar con la confianza de que no va a ser necesario guardar fuel para regresar.

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4 Responses

  1. Guillermo dice:

    Sr Keral, un lujo haber sido testigo del cambio, de ver como exprimes la vida hasta la última gota y de cómo eres un ejemplo en perseguir sueños… No tendrás que volver porque estarás plenamente vivo…. La vida zombie no mola! 😊😉😚

    • DaniKeral dice:

      Sr Zurita, un placer tenerte como amigo y como apoyo en todas las cosas que me propongo. Eres muy necesario. Un abrazo enorme!!

  2. Florencia dice:

    Me alegro mucho que hayas empezado una nueva etapa! Viajar tiene eso de renacer. El luto de la persona más importante de mi vida (mi padre), lo logré hacer durante un viaje que había sido planeado con él y mi madre. Siempre pienso que fue sanador. Ahora, aún volviendo a esos lugares, los recuerdos son de pura felicidad.
    En fín, vamos por un 2018 donde sigan los éxitos!

    • DaniKeral dice:

      Hola Florencia!! Sí, totalmente de acuerdo. Ya antes de este año el viaje me sirvió para dar pasos hacia algo nuevo. 2017 continuó esa estela. ¿Qué deparará 2018? Espero que un camino con la misma esencia.

      Un abrazote!!

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