PALABROGRAFÍAS VIAJERAS: recuerdo

Hace ya casi dos años que hice algo que, me prometí, no tardaría años en volver a hacer.

En septiembre de 2017 reuní a un grupo de amigos, viajeros y fotógrafos, para reeditar un proyecto desaparecido años atrás: las palabrografías, palabras convertidas en imágenes. El proyecto inicial tuvo un blog dedicado al cual se le acabó la gasolina en 2014.

En 2017, decidí rescatarlo, dándole un apellido: palabrografías viajeras, palabras relacionadas con el concepto de viaje. El primer palabro que resultó de aquel reencuentro fue Experiencia (aquí podéis ver cuáles fueron los resultados).

Hoy vuelve un nuevo palabro, esta vez ligado de forma muy ceñida con el tiempo y nuestras vivencias. Entre los compañeros palabrograferos se encuentran dos que ya participaron, Bea y Sergio, a los que se suman Nadia, Antonio, Aitor, Andrea, Cristina, Víctor y Rebeca (GRACIAS a todos por participar de mis juegos creativos).

Entre todos vamos a intentar mostrar las múltiples caras del nuevo palabro: RECUERDO.

Palabrografías viajeras: recuerdo

recuerdo

1. m. Memoria que se hace o aviso quese da de algo pasado o de que ya se habló.

2. m. Cosa que se regala en testimonio de buen afecto.

3. m. Objeto que se conserva para recordar a una persona, una circunstancia, un suceso, etc. No hequerido desprenderme de los recuerdos defamilia.

4. m. pl. memorias (‖ saludo por escrito o por medio de tercera persona).

«recuerdo» según Rebeca, de Viajeros 3.0

Foto de Rebeca

Recuerdo. Es una palabra que puede inspirar algo lejano. Algo que ha quedado en algún rincón de nuestra memoria y nos invita a escudriñar el pasado. Sin embargo, en mi vida los recuerdos están presentes casi a diario, una vida marcada por los viajes que me lleva irremediablemente a recordar mi niñez. Al recuerdo de mi madre.

Una mujer inquieta, capaz de contagiar ese espíritu por descubrir a quien se pusiera por delante. Por descubrir lo cercano, la belleza de las cosas más simples.

Y yo, cada vez que piso un nuevo lugar, cada vez que me maravillo con el hermoso regalo de la naturaleza, o vuelvo a Cantabria (su tierra), me acuerdo de ella. Me acuerdo de nuestros viajes, de nuestras interminables travesías en aquel viejo ford… Y de ti, mamá. Me acuerdo de ti. Qué bonitos recuerdos me has dejado. La mejor herencia jamás soñada.

«recuerdo» según Antonio Quinzán, de Viajes y Fotografía

Foto de Antonio Quinzán

Estas son las vistas del Brooklyn Bridge sobre el East River, en Nueva York. Cada vez que veo esta panorámica recuerdo lo joven que era cuando subí por primera vez a lo alto de las Torres Gemelas y contemple esta vista por primera vez. Irremediablemente caí rendido ante el panorama que se abría ante mí. Todo Manhattan estaba a mis pies. Y allí estaba yo, contemplándolo desde lo alto. Recuerdo que esa noche de juerga por los garitos de Manhattan (qué fiestas las del Limelight) perdí el rollo de la cámara donde tenía las fotos del día. Y que al día siguiente, cuando volví casi sin dormir para repetir las fotos, una gran humareda salía de los subterráneos de una de las torres. Era el 26 de febrero de 1993, fecha del primer atentado contra las Torres Gemelas.

Durante meses ahorré para volver a Nueva York y tomar las fotos que había perdido. Y sí, volví a subir al mismo mirador, el Top of the World ubicado en el piso 110 de la Torre Sur. Y tomé mis fotos. Pero ese lugar desapareció un 11 de Septiembre del año 2001 junto a casi 3.000 personas. Y esta vez para poder volver a contemplar aquellas vistas que recordaba no tuve que esperar meses, sino muchos años. 

Esta imagen la tomé poco después de inaugurarse el mirador acristalado del One World Observatory en el año 2015. El paisaje que recordaba había cambiado, Nueva York había cambiado, y el mundo también. Yo tampoco era ya el mismo joven inconsciente que iba de fiesta en fiesta…¡Qué recuerdos!

«recuerdo» según Bea Lizana, de Xperimentando

Foto de Bea Lizana

Hay quien prefiere mirarla a la cara, desde las alturas. Otros, se escurren por sus arterias como parásitos preparados para devorar sus entrañas. (Socorro, que está a punto de trombosis). Porque es eso, la ciudad, un ser vivo que nunca para de cambiar. No, no hay dos recuerdos iguales de cómo era Barcelona hace un instante.

«recuerdo» según Víctor Machbel

Foto de Machbel

Dicen que lo mejor del Camino de Santiago son las personas con las que te cruzas en el camino. En el albergue de San Vicente de la Barquera conocí a esta encantadora mujer, la encargada de darle vida al establecimiento y de registrar en fotografías los peregrinos que han pasado por allí. Algunos han pasado por allí más de dos o tres veces y ya se han convertido en amigos de la casa.

Escuchar a esta mujer mientras te cuenta las historias de ese peregrino alemán que siempre va en invierno, o de uno australiano que hizo un artículo para el periódico local, te llenan de optimismo. Recuerdos que surgen en el camino.

Y, a pesar de lo encantadora que era la mujer, me olvidé de su nombre. Que curioso cómo funciona la memoria.

«recuerdo» según Sergio Gordo, de Sin parar de viajar

Foto de Sergio Gordo

Qué serian los viajes sin los pequeños recuerdos que nos traemos… Con el paso de los años algunas cosas se olvidan, hasta que un día vuelves a encontrar ese pequeño objeto que te devuelve a ese instante que no quieres olvidar.

En nuestro caso, acabando nuestro viaje de 3 meses por Australia, nos encontramos a este vendedor de pequeños tesoros que él mismo rescataba de las antiguas minas de oro que hay en el centro de Australia. Estuvimos un buen rato charlando con él y nos contó unas cuantas historias, así que como no íbamos a comprar ese antiguo bote de cacao con más de 100 años sabiendo el increíble viaje que había hecho hasta llegar allí. Así que muchas veces no compramos objetos sino que compramos historias que algún día ayudaran a que vuelvan nuestros Recuerdos

«recuerdo» según Nadia Nemer, de Travel Rocks

Foto de Nadia Nemer

Dicen que siempre volvemos a los lugares donde amamos la vida. 

Entonces ¿hacia donde ponemos nuestra brújula? Volver de nuevo a esos lugares que me han marcado en la vida me hace recordar la vida pasada que tuve, y que aunque ahora no me siento para nada identificada, siempre que regreso a mi país mi sonrisa es diferente, es verdadera, es auténtica.  

Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida para ser valiente y curar heridas sabiendo que pueden volver a sangrar cuando uno pensaba que ya estaban cicatrizadas.

Uno vuelve a ser valiente porque es consciente de que un día pudo evitar vivir la vida en ese sitio que amaba, pero que no está dispuesto a irse de ella nunca, aunque en mi caso me separen kilómetros de distancia y un océano entero.

El corazón nunca olvida. No se marcha de donde amamos, ni de donde pertenecemos. El corazón siempre recuerda.

(Fotografía: Admirando el Valle de las Ánimas en mi ciudad La Paz, Bolivia. Uno de esos rincones mágicos del mundo que siempre recuerdo y regreso cuando visito mi país. Viaja. Ama. Recuerda.)

«recuerdo» según Cristina Vázquez, de Te cuento de viajes

Ilustración de Cristina Vázquez

Los romanos creían que los recuerdos habitaban en el corazón, y de ahí proviene la bonita palabra elegida por Dani, recuerdo; del latín recordare, donde “re” es el prefijo que indica “de nuevo”, y “cordare” pertenece a “cor, cordis”, que significa corazón. Hoy se sabe que los recuerdos se guardan en algún lugar ignoto de nuestras cabezas.

Residan donde residan, los recuerdos necesitan de la memoria. Y la memoria es frágil y finita, por eso desde siempre he viajado con cámara y cuadernos. Cámara porque disfruto haciendo fotografías, porque las fotos me ayudan a no olvidar y porque siguen existiendo imágenes que valen más que mil palabras; cuadernos porque me encantan, los uso para mis notas, estampar sellos, dibujar, escribir sensaciones, emociones…

De los viajes, de los recuerdos, sueños… un buen día nacieron mis garabatas. Mis melenas evocadoras me ayudan a re-cordar, a soñar, pensar. Re-viajar. Cierro los ojos y recuerdo mi mapa subjetivo de nuestra ruta por Japón: el torii flotante de Miyajima, la silueta del sagrado Fuji, el skyline de Tokio, los templos y geishas de Kioto, el mágico cementerio de Koyasan, los ciervos de Nara, los mausoleos y santuarios de Nikko, mis escalofríos y lágrimas en Hiroshima, las montañas y aldeas de Takayama, el olor a pulpo en Osaka, el castillo de Himeji, el otoño en Kanazawa…

Cuando dibujo, siento que los recuerdos y los sueños son una especie de viaje en el tiempo y en la mente. Los sueños son un viaje mental al futuro y los recuerdos un viaje mental hacia el pasado.

«recuerdo» según Andrea Bergareche, de Lápiz Nómada

Collage de Andrea Bergareche

Nos llenamos de objetos, ligándolos a recuerdos. La piedra que encontramos en esa playa donde un día nos dejamos bañar por el sol y el sal del agua, la pulsera que otro viajero nos regaló, esa camisa medio rota pero que nos ponemos en los días de bajón porque es un regalo de alguien que un día fue especial y que aún guardamos en la memoria, como en un altar.

Acumulamos, tratando de agarrarnos a esos momentos que se escapan, que poco a poco, según avanza el calendario, se van desdibujando. La memoria es selectiva, recuerda aquellos momentos que más le interesan, que más nos han marcado. Y la memoria también es imaginativa, la vamos construyendo, deconstruyendo. Modificamos a nuestro antojo los recuerdos y sin darnos cuenta, vamos creando nuestra versión de la historia, no siempre real.

Por eso me gusta escribir, para tratar de registrar, para crear una memoria de mis días, de mis viajes, de quién he sido y de quién soy. Por eso guardo también pequeños recuerdos, pequeños objetos. Me gusta guardar los tickets, esos pequeños detonantes que ponen a funcionar la memoria limpiando el óxido de sus laberínticos recodos. Aunque solos parezcan vacíos, cuando los veo puedo teletransportarme a ese día, a ese autobús, a aquel fotomatón en Berlín o aquel autobús en Tailandia.

A esos momentos que de otra forma se esfumarían, se desdibujarían y que de pronto, vuelven intactos, sin necesidad de fotos, como si estuviera ahí de nuevo, como si el escenario apareciese de nuevo ante mis ojos.

«recuerdo» según yo mismo

Es un axioma de la condicion humana: cada segundo que pasa nos convertimos en recuerdo.

En recuerdo de nuestras familias, de nuestros amigos. En recuerdo del panadero que sabe qué pan queremos nada más entrar a la tienda; del vecino que comienza a hiperventilar cada vez que coincide con otros humanos en el ascensor; del peatón extraviado al que ayudamos a corregir una dirección equivocada.

Y también en recuerdo de nuestro yo futuro.

El milagro bioquímico que nos permite recordar durante años el color del amanecer en el Gran Cañón o el sabor de un helado de pomelo en Florencia es mucho más que una caprichosa fricción entre aminoácidos: es un hito, una señal luminosa. Una señal que sirve para marcar el límite entre lo desechable y lo imprescindible. Para inmortalizar lo que nuestra experiencia ha considerado tan importante como para hacerlo sobrevivir durante años.

Es por esta misma razón, la supervivencia, que el ser humano tiene una inevitable querencia por convertirse a sí mismo -y a su vida- en recuerdo para el resto de humanos que lo seguirán.

Cuando paseas entre las ruinas de las misiones jesuíticas del sur de Paraguay, te das cuenta de que lo que allí se oculta es una muñeca rusa de recuerdos, una matrioshka de memorias metidas dentro de otras memorias.

Los padres jesuitas de la Misión de la Santísima Trinidad quisieron dedicar a su Dios un inmenso templo en el que grabar imágenes que recordasen a los indios guaraníes cuál era el mensaje de su nuevo dios impuesto. Juan Bautista Prímoli la creó, haciendo de ella el templo más imponente de todos los creados en la zona y decorándola con todos los elementos que había utilizado en muchas de sus obras (los artistas son los que mejor conocen el valor de la palabra ¨recuerdo»).

Expulsados los jesuitas, las misiones se abandonaron y la obra de Prímoli fue saqueda y convertida en ruinas. Muchos años después, cuando el recuerdo estaba a punto de esfumarse, otros humanos aparecieron y vieron en aquellas piedras un lugar perfecto para hacerse inmortales: Ortego en el 50, Flores en el 60, Eva y Mimi en el 71… Recuerdos en forma de grafitti sobre unas piedras de las que ya nadie se acordaba. Hasta que llegó la UNESCO, se dio cuenta de la importancia de aquellas piedras e hizo de ellas un monumento.

Hoy día están ahí todos: jesuitas, guaraníes, Prímoli, Ortego, Flores, Eva, Mimi… Los recuerdos de unos humanos que, tiempo atrás, soñaron con pasar a la historia.

«recuerdo» según Aitor Audícana

Foto de Aitor Audícana

Hace un tiempo escuché que lo único que no se puede operar, desde el punto de vista de la estética de las arrugas, son las manos. No sé si será cierto a estas alturas de la humanidad, pero lo que si es cierto es que hay personas polioperadas que parecen sacadas de una caja de Ken Y Barbies pero que sus manos les delatan.

Las manos son un fiel reflejo de lo vivido, de los recuerdos. Cuando viajo y veo las manos de una persona mayor, me pasa lo mismo con los ojos, solo puedo pensar en todos los recuerdos que esconden esas arrugas. Las manos golpean sobre la mesa, pero también acarician.

Las manos, en definitiva, son testigos mudos de todos y cada uno de nuestros segundos por estos lares.

PALABROGRAFÍAS VIAJERAS: recuerdo
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2 Responses

  1. Me ha encantado jugar contigo-vosotros 🙂 muchas gracias por la invitación, ha sido un placer. Ha quedado un post muy evocador y curioso 🙂 me ha gustado mucho leer vuestros-nuestros recuerdos 🙂
    Un abrazote enorme.

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