Un DÍA en AITUTAKI: el atolón turquesa

Ya desde que amaneció supe que ese día iba a ser especial. Un pequeño avión de Air Rarotonga me iba a transportar 200 kilómetros dirección norte para llegar hasta uno de los lugares más alucinantes que existen en el planeta. Llevaba días esperando aquello y, por fin, había llegado: iba a pasar un día en Aitutaki, el atolón turquesa.

Un día en Aitutaki

Un día en Aitutaki

El viaje a Islas Cook era uno de los sueños más íntimos que tenía antes de comenzar mi viaje de varios meses por Nueva Zelanda (otro sueño en sí mismo). Quería sentirme como Gaugin o Stevenson, aislado en un pequeño pedazo de tierra en mitad del inmenso Pacífico, olvidándome del resto del mundo.

Aitutaki, Islas Cook-5

Dos días en Rarotonga ya fueron suficientes para comprobar que, en efecto, Islas Cook era un lugar muy especial. Su comida deliciosa, tropical pero con guiños a la comida maorí de Nueva Zelanda; su geografía, un pedazo de tierra montañoso rodeado por un arrecife que protege la tierra emergida del océano, formando una bella laguna de aguas azulonas; y su gente, “tropicalmente” calmada y llena de sabiduría.

Pero ese tercer día iba a ser único. Iba a viajar a una de las 15 islas que conforman el archipiélago para pasar un día en Aitutaki, el lugar en el que floté en mitad del gran Pacífico.

Pero… ¿por qué es tan especial Aitutaki? Muy sencillo, por esto:

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Aitutaki es un anillo de tierra y coral que envuelve una enorme laguna oceánica de un máximo de 3-4 metros de profundidad. Estas lagunas se forman gracias a la presencia de la barrera coralina que rodea una extensión de tierra (en esta caso casi totalmente sumergida), de tal forma que el agua en su interior apenas recibe la fuerza de las olas.

La isla principal es Araura, con 17 km², y es donde se encuentra el aeropuerto. El resto de espacios terrestres son pequeños islotes impregnados de palmeras. Algunos se pueden recorrer de punta a punta en menos de 30 segundos.

Aitutaki, Islas Cook

El avión estaba preparado. Yo también. Tras el embarque,  siguieron 45 minutos de vuelo sobre la inmensidad oceánica. Entonces fue cuando la belleza apareció por la ventanilla. Hoy puedo decir que es de las vistas más maravillosas que he tenido desde un avión.

Aitutaki, Islas Cook-9

Tras aterrizar, me dirigí junto a un grupo de visitantes hasta una de las zonas de embarcadero de Araura, para coger un barco que nos adentraría en la laguna en un paseo de varias horas de isla a isla. Yo suelo hacer todas las actividades por libre, pero en este caso era más económico contratar vuelo más ruta en barco (gestionado todo por Air Rarotonga).

Una vez en el barco, fue cuando comenzó el espectáculo y mis ojos se deslumbraron con lo que apareció frente a ellos: agua azul turquesa brillante rodeándonos, con el sol reflejándose sobre su superficie proyectando el color de la laguna sobre las nubes. Alrededor, un corro de tierra y palmeras custodiando la joya de laguna oceánica.

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Durante el recorrido, los encargados de la ruta comenzaron a explicar diferentes historias y tradiciones sobre la isla. Todo esto con un coco en la mano (incluido también en la actividad junto a mango, papaya y más frutas tropicales).

Todos los que estábamos en el barco no podíamos apartar la mirada del paisaje. No había visto nunca una extensión tan enorme de agua azul como aquella.

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Aitutaki, Islas Cook-4

El barco, como parte de la ruta, fue haciendo paradas en diferentes islotes, en los que pudimos hacer diferentes contactos con el agua. Este fue el primero de los que hice, que registré en un vídeo en Instagram donde se me ve sufrir un tormento sin igual.

Pero el mejor contacto acuático llegó después cuando, en mitad de la laguna, en una zona de más profundidad, comenzamos a hacer snorkelling. Estar flotando en mitad de aquel lugar fue la sensación más espectacular de todo el día. Te sentías en mitad de la nada. Y es que, si lo pensabas, así era: una laguna oceánica no deja de ser una parte de océano recluido entre zonas emergidas de tierra y barrera de coral. Estás, literalmente, flotando en mitad del océano Pacífico.

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Durante el snorkelling se pudieron ver varias especies de peces y enormes conchas marinas (en este sentido hay otras zonas del mundo más ricas al bucear, todo hay que decirlo, pero aquí la claridad es bestial). Tras el “esfuerzo”, llegó la recompensa en forma de una comida tipo buffet en el propio barco. Posiblemente el mejor momento culinario (junto a Te Vara Nui, en Rarotonga) en Islas Cook. Pero en este caso con el plus de estar comiendo en mitad de aquella maravilla azul.

Aitutaki, Islas Cook-6

Comenzada la tarde, el barco nos dejó en la One Foot Island, una de las pequeñas islas más conocidas de Aitutaki con una historia muy particular.

La historia de One Foot Island

Cuenta una historia que un padre y su hijo, mientras su pueblo era atacado por guerreros, subieron a su canoa y huyeron a una isla cercana para esconderse de sus enemigos.

Los guerreros  vieron la canoa a lo lejos y salieron en su captura. Cuando el padre y el hijo llegaron a la playa, el padre dijo a su hijo que se adelantara y se internara en el palmeral. Entonces, el padre caminó sobre las huellas de su hijo, asegurándose de que pareciera que había sólo un par de huellas.

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Ya juntos, el padre ayudó a su hijo a esconderse y siguió caminando, lejos del escondite de su vástago. Los guerreros, al llegar, siguieron las huellas, encontraron al padre y le dieron muerte, pero al creer que solo había una persona, volvieron a su canoa y se marcharon. Desde entonces, a aquella isla se la conoce como la One Foot Island.

One Foot Island es, quizá, el lugar más fotografiado del atolón. Cualquiera que quiera pasar un día en Aitutaki tendría que visitar esta isla donde las palmeras, la playa y el mar se funden en uno solo. Un icono de este pequeño islote es una de sus palmeras, situada casi paralela al suelo, como posando para todos los que la visitan. 

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Tras una hora y media en la que me sentí como en mitad de una película dentro de aquella isla, tocaba salir del ensueño. La expedición de un día en Aitutaki terminaba con el vuelo de vuelta a las 5 de la tarde. Ya en el barco, los rostros de los que habíamos estado allí aquel día expresaba a la perfección lo que sentíamos: absoluta devoción por uno de los lugares más bellos que habíamos pisado en el planeta.

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Como todo viaje de vuelta, la última alegría me la volvió a brindar la ventanilla, con la vista aérea del increíble atolón que, por capricho terráqueo, había decidido emerger del fondo del océano.

Mientras el avión se dirigía rumbo sur hacia Rarotonga mi mente se puso a pensar: la expedición de un día en Aitutaki quizá podría haber resultado algo corta (es posible alojarse en la isla, solo que los precios son bastante elevados), pero hay lugares en los que, debido a la intensidad de las emociones que te provoca,  pueden llenarte como si hubieses estado días infinitos en ellos. Aitutaki, el atolón turquesa, es uno de ellos. 

 

Por cierto, ¿estás pensando viajar a Islas Cook y sacarte un seguro de viaje? Pues que sepas que tienes un…

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5 Responses

  1. Patri dice:

    Uy, qué buena lectura para el desayuno en una mañana nublada en Asturias.
    Ese azul no puede ser verdad (envidia mala). Besote

    • DaniKeral dice:

      jeje, bueno, seguro que después os mejora cuando caminéis un rato, comáis, naveguéis, comáis, comáis, comáis… y bebáis durante todo ese trayecto.

  2. Bea dice:

    El paraíso!! Qué pasada Dani, creo que con ese tono de azul es imposible que me dé miedo nadar ahí…

  1. julio 22, 2017

    […] de luchas entre españoles y británicos, de colonos y de esclavizados, de playas con agua azul turquesa, de músicas con marcadas bases rítmicas y de sustancias con efectos embriagadores. De gente que […]

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